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Los caminos de Alá . Parte I
 
 

 

Los caminos de Alá . Parte I

 

Probablemente todos nosotros alguna vez en nuestra vida experimentamos circunstancias inusuales que al después de enfrentarlas, no sabemos darle una explicación razonable o nos conformamos con un mero análisis superficial desechando alguna intervención sobrenatural que podría aproximarnos a la verdad. Esta historia es una más entre tantas que suceden en el día a día en la vida de un isleño del Delta.

 

por Josecito


 

Alí Al Hashir era oriundo de Marruecos. La vida lo había empujado caprichosamente hasta un pequeño terruño de la isla en el Arroyo Pereyra, cerca del Río Ceibo en el delta entrerriano. Para la vista de cualquier visitante Alí era un islero más. Sus botas de caña, una perpetua boina negra gastada, camisa de poliéster y algodón y un despuntado cachemir bordó constituían su atavío de todos los días. Sus manos rústicas comunicaban respeto pues eran las manos de una persona hábil y dinámica. Era un hombre maduro que a pesar de la vida rigurosa que llevaba era fuerte y vigoroso. Sus ojos negros y vivaces reflejaban un espíritu íntegro, respetable.

 

Habitaba en una casita modesta que le había comprado a un paisano muchos años atrás. Sus muebles eran sencillos y antiguos. Sus posesiones más preciadas eran tres: un Corán que recitaba siempre, un tapete que usaba para rezar mirando en dirección a la Meca, y una antigua redoma de vidrio verde labrada a mano, envuelta a manera de protección en una tela de tafetán rojo y que jamás, pasara lo que pasara y le fuera la vida , se desprendía de ella. Ni siquiera sus amigos sabíamos el secreto que guardaba celosamente en esa misteriosa botella verde. Cuando alguno le preguntaba por su contenido, sus ojos adquirían un brillo inusitado y llevándose la mano hacia la talega roja que pendía de su cinturón contestaba irónicamente - Es mi “nazarlik” de la buena suerte

Bernabé Gaspar Troche

 

Vivía como cualquier islero del delta. Amaba y odiaba la creciente. Peinaba espineles bien temprano por la mañana. Cuereaba nutrias, cortaba juncos y mimbre para vender. Arreglaba muelles, estacadas y desmontaba cuando algún “inglés” del pueblo lo contrataba. Baqueano por naturaleza y célebre en las artes de cocina, era famoso en la isla por las comidas típicas de su tierra que preparaba minuciosamente. Servicial y amable como todos los de su raza. Solamente cuando nosotros, sus amigos, llegábamos su mirada esquiva y retraída se transformaba entonces en vivaz y llena de alegría.

 

 

Alguna vez nos contó la historia de un amor de juventud, de ilusiones y de un desengaño que le costó un juramento que hoy cumple a rajatabla. Ni una sola mujer se le cruzó de nuevo desde aquella vez. Pero jamás volvió a hablar de ello ni con nosotros ni con nadie más.

 

Lo conocimos de casualidad hace muchos años cuando estábamos pescando surubíes en la desembocadura del Guazú y nos cruzamos con él a bordo de su chata atiborrada de leña y otros enseres entonces a la deriva ya que la hélice se había soltado caprichosamente. Nos compadecimos de su súplica y lo remolcamos por el Arroyo Ceibito hasta su casa. Su gratitud nos impresionó tanto que nos regalamos su amistad para toda la vida. Y el “Turco” como lo llamábamos cariñosamente, siempre decía que gracias a su talismán de la suerte la vida nos puso en su camino pero años después supimos todos que en realidad su amuleto estaba destinado para otra cosa.

 

Esta historia comenzó un día de agosto en un año desapacible con jornadas lluviosas y de grandes crecidas provocadas por sudestadas que traían la desazón a los lugareños dado que la caza y la pesca mermaban y conseguir el sustento se hacía muy dificultoso. Los espineles y las trampas aparecían vacías y con ellas las esperanzas de quienes subsistían con los frutos de la naturaleza. También aquellas familias que vivían de la huerta, sufrían mucho pues el agua que todo lo daba, cuando crecía reclamaba tiránicamente su parte.

 

La semana anterior al día de nuestro arribo a la casa de Alí, fue una de esas semanas en que el agua mostró toda su fuerza. Llegamos el sábado al mediodía, un día frío y con el cielo totalmente nublado. Luis, Paco, José y yo bajamos al muelle de la casa y extrañamos mucho la ausencia de “el Turco” pues a esta hora siempre estaba en el cobertizo de la vivienda arreglando las trampas.

 

A poco de desembarcar de la “Yarará” Alí apareció caminando por el sendero del fondo. En su rostro se reflejaba la contrariedad y la angustia del hombre que soportaba el peor de los tormentos. Nunca antes habíamos visto al Turco así. Mientras se acercaba a nosotros con un paso agobiado, conjeturábamos que ese estado se debía al problema de las crecidas y el tiempo solapado que había acontecido. Pero ya Alí había vivido épocas parecidas y su felicidad y entusiasmo jamás fue avasallado por las circunstancias y menos aún cuando nosotros, sus “hermanos”, llegábamos de visita.

 

Pero al acercarse a nosotros nos quedamos boquiabiertos sin poder decir absolutamente nada. Todas las catástrofes del mundo podrían ocurrir en este momento pero ninguna provocaría un desastre tan grande como el que preveíamos que ocurriría ante semejante aparición. Estábamos tan desconcertados como nuestro amigo que ya por fin se paró delante de nosotros y pudimos confirmar nuestro descubrimiento. Su talismán ancestral, trasmitido de generación en generación, guardado celosamente por Alí, ya no estaba amarrado al cinto con su talega. Su ojos inexpresivos y desolados garantizaban la desaparición del mismo pues de tenerlo seguro en otro lugar, aunque esto sería improbable, nuestro compañero no estaría tan triste. Entonces con voz desolada dijo:

 

-Salamaléicon mis amigos….. Su visita trajo alegría a esta casa. Alí necesitaba de Uds. Alá tiene compasión de mí.-

 

Paco, tomando la iniciativa contestó:

 

-Salamaléicon salán… pero decinos Alí. ¿Dónde está tu talismán? ¿Lo perdiste acaso?-

 

-¡Así es said!- respondió mortificado Alí.

 

-¡Y toda la desgracia caerá sobre la cabeza de Alí! ¡Mi vida, mi historia, todo se fue con mi nazarlik…!- concluyó mientras tomaba su cabeza entre las manos.

 

Los cuatro nos miramos absortos pues sabíamos la trascendencia de esto.

 

Luego, un poco más repuesto agregó: -Por favor mis amigos, dejen sus cosas debajo del alero y pasen adentro que les contaré lo que pasó, antes aseguraré la “Yarará ” y le pondré la cubierta .- dijo y en silencio aceptamos la invitación y angustiados por “el Turco” entramos a su casa justo cuando una molesta llovizna comenzaba a caer.

 

La salamandra estaba encendida y sobre ella había una pava llena de café humeante. Un aroma a leña flotaba en el interior de la casa haciendo más confortable el ambiente.

 

Cuando nos quitamos los abrigos, entró Alí e invitó a sentarnos. Afuera comenzaba a llover copiosamente.

 

-¡Justo a tiempo, por favor pónganse cómodos mientras beben el café caliente! ¿Alguien quiere un poco de coñac?- preguntó solicito. Luís y Paco respondieron afirmativamente. Entonces José que ya se había servido un poco del contenido de la pava dijo:

 

- Alí, ¿como perdiste tu botella? ¡Contá por favor!-

 

Entonces Alí, mientras servía el licor a Luis y a Paco, comenzó su relato diciendo:

 

.-Antes de contarles sobre como la perdí, es mejor explicarles “que” fue lo que perdí.- dijo en tono solemne.

 

-Bien Alí. Contá porque ninguno de nosotros sabíamos nada sobre tu talismán de la suerte.- propuse mientras mis amigos asentían con un gesto.

 

Comenzó diciendo:- Antes de partir de Fez allá en Marruecos, mi “baba” me entregó mi nazarlik y me dijo que lo cuidará con mi vida si era necesario. Me contó que su “baba” se lo había entregado antes de morir con idéntica demanda. Y que a su vez su padre se lo entregó también y así sucesivamente de generación en generación. Al entregármelo también me dijo que era importante que siempre lo lleve conmigo a todos lados porque él me preservaría de todos los males a mí y a quien estuviera conmigo. Según mi padre- prosiguió -la botella estaba labrada con símbolos escritos en una lengua muy antigua y decía que en su interior estaba preso un genio que había sido sorprendido enamorando a la única hija de un Califa muy malvado. Este lo atrapó y logró encerrarlo en la botella por más de mil años en castigo por su atrevimiento. Esta botella debía ser protegida hasta que se cumpliera la condena impuesta por el Califa, so pena de padecer miles de sufrimientos eternos a quien perdiera o abriera la botella liberando al genio antes de tiempo.-

 

Sus palabras brotaban presurosas mientras adornaba el relato con gestos y ademanes.

 

-Pero... ¿por qué era un amuleto de la suerte?- interrumpió Luis

 

-Porque al estar cerca de él, recibiría la influencia del genio atrapado en la botella y nada podría pasarme.- dijo Alí mientras cruzaba su firme mirada con las nuestras.

 

-Por eso, aquel día que me hallaba a la deriva a merced del oleaje, le pedí a mi genio que me enviara ayuda y fue entonces que aparecieron ustedes para socorrerme - dijo muy emocionado.

 

Y decinos Alí... ¿cuándo perdiste a tu genio?- preguntó José mirando por la amplia ventana que daba al muelle donde estaba amarrada la lancha.

 

-Hace cinco días me levanté temprano porque el agua golpeaba en la escalinata de la casa. Entonces bajé para arriar algunas cosas y después salí con el bote a sacar el espinel que tenía sobre el Ceibo pegado a los juncos del arroyo.-

 

Luego prosiguió – Cuando llegué a la estaca noté que la línea estaba sobre los juncos y que sería dificultoso sacarla. Además el agua subía fuerte y el oleaje me llevaba para adentro. Entonces tomé la línea con mis manos y comencé a subirla al bote. Había muchos bagrecitos y carpas chicas, pero cuando estaba llegando al final, un fuerte tirón me llevó medio cuerpo afuera del bote y un anzuelo se prendió de la manga de mi saco-.

 

-¿Y que bicho era? pregunté intrigado.

 

-No sé. Creo que era una carpa grande.- contestó presuroso.

 

-Seguí Alí ¿Qué pasó después? indagué ansioso.

 

- Y me tiré para atrás con todas mis fuerzas, pero no me había dado cuenta que la bolsa había quedado enredada en el tolete y cuando tiré, se rompió y cayó al agua-.

 

Luego de una pausa, prosiguió con sus ojos llenos de dolor. Cada palabra expresaba la angustia que atormentaba a ese hombre.

 

-Vi que la botella flotaba y era arrastrada por la corriente río abajo. Salté al agua para alcanzarla y nadé tras ella, pero cuando estuve cerca de tomarla, la línea enganchada en la manga impidió que me acercara más. Sentí que mi corazón quería salir de mi pecho. Desesperado volví al bote para remar tras ella. Al subir sufrí un frío mortal que me atenazaba desde adentro. La botella había desaparecido de mi vista. Ya no la vi más. Congelado regresé a casa para cambiarme de ropa e intentar volver para encontrarla, pero la tormenta se había desatado furiosa y sería imposible verla de nuevo. - sus palabras sonaron ahora ahogadas.

 

¿Saliste después para ver si quedo entre los juncos? - indagó Luis.

 

-Si, fui después de la tormenta. Y dos días seguidos salí para buscarla. Recorrí palmo a palmo cada remanso, cada juncal y cada orilla... y nada. Me cansé y ahora espero que el infierno del Califa se desate sobre mi cabeza.- concluyó entregado.

 

Todos nos quedamos extasiados por el relato de nuestro amigo y nadie se atrevió a preguntar nada más. El mutismo dominaba la morada. Afuera un trueno quebró el silencio anunciando un chaparrón más grande. La lluvia animada golpeaba la ventana de la casa. Las gotas resbalaban hasta juntarse unas con otras y dibujaban diminutos arroyos cristalinos sobre el vidrio.

 

Luego de escuchar la fantástica  historia relatada por  nuestro amigo, nos quedamos en silencio mirándonos unos con otros mientras Alí sollozaba dolorosamente y sus manos tomaban su cabeza que se mecía de un lado a otro.

 

Sentíamos compasión por nuestro amigo en desgracia. Ver a ese hombre antes vigoroso y fuerte, ahora derrumbado por la pena y el dolor. Para él significaba la perdida de su identidad, su historia y su moral.  

 

Pero de pronto, Alí se alzó de su silla y ante nuestra perplejidad, anuncio con voz trémula y profunda:

 

-El genio se escapó de la botella-

 

Al oír semejante afirmación, todos lo miramos asombrados.

 

-¿Qué?- pregunté-

 

-¿Cómo lo sabes? -indagó Paco.

 

-Porque hace dos días que lo veo ¡Y vino a buscarme, clamando su venganza!-

 

-¿Pero, qué decís Alí? ¿Estás seguro? - le pregunté.

 

Sus ojos despedían fuego al clavarme su penetrante mirada. Su voz ahora sonó segura ante la nueva revelación.

 

-¡Ah! ¿No me crees, verdad?- Pronto ustedes también lo verán, y creerán mi historia…

continuará...

 

   

 

 


 
     

 

 
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